Cuando vestir destruye: caminos para transformar la industria de la moda desde lo cotidiano
- iospina01
- 24 feb
- 6 min de lectura
Actualizado: 7 abr
Mientras 92 millones de toneladas de prendas terminan cada año en vertederos, programas sociales y prácticas sostenibles muestran que la ropa puede tener una segunda vida y un impacto ambiental mucho menor.
Por: Shalom Liccette Salamanca Flórez, Juan David Quevedo Charris y Carolina González.

Foto: Diseñado por Freepik
La moda, por años asociada con la creatividad y la renovación estética, ahora se ha convertido en una de las industrias más contaminantes del mundo. Para que funcione actualmente depende de una enorme disponibilidad de recursos naturales y de un ritmo de producción acelerado, el cual, según expertos, ya no se puede seguir sosteniendo.
A nivel global, esta industria ha sido la responsable de entre el 8% y el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, además de consumir miles de metros cúbicos de agua y producir, por ende, 92 millones de toneladas de residuos textiles al año. De lo anterior, solo el 1% es reciclado para convertirse en nueva ropa. El resto de residuos terminan en vertederos o son incinerados.
El uso de las fibras sintéticas, en su mayoría el poliéster, agravan más esta problemática: al representar más del 60% de la producción textil, y ser prendas que para su degradación necesitan siglos. Adicional, cada vez que se lava una prenda se están liberando microfibras que pueden llegar a contaminar ríos, mares y suelos.
La huella tóxica del fast fashion
Aunque el problema es estructural, las grandes marcas se adaptaron no solo para acelerar la moda, sino que la convirtieron además en un producto fácil de desechar y cambiar por otro. Plataformas de ultra fast fashion, como pueden ser SheIn y Temu lideran este fenómeno, al tener lanzamientos diarios que superan cualquier antecedente industrial.
SheIn, por ejemplo, ha sido señalada por general 16,7 millones de toneladas métricas de CO₂ solo en su método de transporte, pues se basa en el envío directo al consumidor. De la misma forma, el sistema usado para teñir, lavar y darle detalles a sus prendas contribuye a cerca del 20% del desperdicio mundial de agua, según un reportaje realizado por Celeste Murillo en la Revista Nueva Sociedad.
Mientras tanto, marcas tradicionales como Zara y H&M siguen produciendo grandes volúmenes de ropa en ciclos semanales, lo que sigue la misma lógica de la moda rápida y el consumo acelerado. A pesar de haber anunciado tener “líneas sostenibles” expertos han señalado que su producción sigue dependiendo de fibras sintéticas y de procesos intensivos con los recursos naturales.
De lo global a lo local: el impacto en Colombia y en Bogotá
El fenómeno mundial del fast fashion y del ultra fast fashion tiene implicaciones directas e importantes en países como Colombia, que tiene una industria textil nacional fuerte y que ahora debe de competir con un aumento significativo de ropa importada y de menor precio.
El asesor ambiental Fernando Gómez explica que “el consumo de ropa barata importada crece, pero la infraestructura para reusar o reciclar textiles es limitada. La mayoría de prendas terminan en Doña Juana o en mercados informales sin control ambiental”.
Las consecuencias que ya están aquí
El problema del fast fashion no es solo en su producción: este es un ciclo de contaminación que empieza en las fábricas pero que termina en los hogares y en los rellenos sanitarios.
Los residuos persistentes: las fibras sintéticas pueden tardar hasta 200 años en degradarse en un vertedero.
Aguas contaminadas: los microplásticos y químicos de la ropa afectan a ecosistemas completos.
Presión sobre los rellenos sanitarios: Bogotá recibe toneladas de ropa cada semana que se acumulan en el relleno de Doña Juana.
Mayor consumo de recursos: cada prenda que se desecha de forma anticipada significa más agua, energía y materias primas requeridas para producir una nueva.
Como resume Fernando Gómez “cada mes adicional que usamos una prenda reduce la necesidad de fabricar una nueva. Ahorramos agua, energía, materias primas y reducimos presión sobre los rellenos”.
El desafío, según los expertos, no es solo exigir responsabilidad a las marcas, sino también transformar los hábitos de consumo. La moda rápida puede ser económica, pero su costo ambiental se paga durante siglos.
Pequeñas acciones, grandes cambios: cómo cualquiera puede ser parte
Aunque el impacto del fast fashion es enorme, también existen respuestas claras desde lo cotidiano. Según Gómez, “reutilizar una prenda varias veces reduce significativamente su huella hídrica y de carbono”.
Comprar con conciencia, evita descartar prendas de forma innecesaria, reparar, donar y participar en sistemas de trueque o segunda mano son acciones ciudadanas que suman.
Además, en algunas ciudades donde existen sistemas formales de recolección textil, los residuos se han reducido entre un 10% y un 25%. La ciudadanía sí puede marcar una diferencia.
Banco de Ropa y Roperos El Minuto de Dios: solidaridad que se transforma en economía circular

Una de las iniciativas más sólidas en el país es el Banco de Ropa y Roperos, un programa de la Corporación Organización El Minuto de Dios que opera desde 2005. Su origen se remonta a una emergencia climática que dejó a numerosas familias sin sus enseres y prendas básicas. La comunidad respondió con tal nivel de solidaridad que la donación se volvió permanente.
Su coordinador, Arnaldo Sandoval, lo explica así: “somos garantes de que las donaciones lleguen realmente a las personas que más lo necesitan”.
El impacto es evidente:
Reciben alrededor de 100 toneladas de prendas y artículos al año.
Entre el 60% y el 70% se destina a misiones humanitarias y fundaciones.
Más de 42.000 personas al año reciben prendas dignas a través de sus roperos en todo el país.
Tienen un taller de confección, donde recuperan prendas dañadas, reemplazan cremalleras, rearman piezas y crean nuevas prendas a partir de materiales rescatados.
Llevan 20 años operando ininterrumpidamente.
Sandoval también destaca la importancia del cambio cultural. “Todavía existe estigma hacia la ropa de segunda, pero cada día vemos más jóvenes dispuestos a reutilizar y a donar”, menciona.
El Banco de Ropa y Roperos no solo entrega prendas: enseña que la solidaridad puede convertirse en una herramienta de sostenibilidad, reducción de residuos y apoyo comunitario.
Moda sostenible desde casa: transformar lo que ya existe
Más allá de las donaciones, la moda sostenible invita a ver las prendas como un recurso, no como desechos. Reutilizar de forma creativa, permite convertir jeans rotos en bolsas, chaquetas en vestidos o camisas en bolsas reutilizables.

El Banco de Ropa y Roperos lo ha impulsado junto a alianzas como el SENA. Donde las prendas dañadas se desarman, se rediseñan y se confeccionan nuevas piezas que amplían la vida útil de los textiles. Esto evita que lleguen a vertederos y reduce la demanda por nuevas fibras.
Cualquiera puede apoyar en esta causa desde su casa: reparar costuras, bordar, adaptar tallas, transformar cortes o incluso intercambiar prendas entre amigos y familiares. Estas acciones extienden la vida útil de las prendas y reducen significativamente el impacto ambiental.
El auge de las tiendas de segunda mano: una cultura que crece
En los últimos años, el interés por la ropa de segunda mano ha ido en aumento, sobre todo entre los jóvenes. Tiendas físicas y plataformas digitales han hecho que comprar prendas usadas deje de verse como un tabú y comience a entenderse como una alternativa económica, responsable y de moda.

Aún así, persisten prejuicios. En entrevistas realizadas a transeúntes, varias personas manifestaron desconfianza hacia la ropa usada, lo que evidencia que aún queda camino por recorrer.
Según Sandoval, “Hemos ido derrumbando estigmas poco a poco, pero necesitamos más visibilización y educación para que la gente entienda que la ropa de segunda no es un desperdicio, sino una oportunidad”.
El auge de estas tiendas es vital, porque prolonga la vida útil de millones de prendas y reduce el consumo de nuevas producciones textiles.
Transformar la moda, transformar el impacto
El fast fashion ha convertido a la moda en una de las industrias más contaminantes del mundo. Sin embargo, la solución no pasa únicamente por dejar de consumir, sino por transformar la relación de la sociedad con la ropa: reutilizar, reparar, donar, intercambiar y apoyar iniciativas que buscan un uso más consciente de los textiles.
El Banco de Ropa y Roperos del Minuto de Dios demuestra que el impacto puede ser real cuando la solidaridad se organiza y se articula. La moda sostenible desde la casa y el crecimiento de las tiendas de segunda mano completan un panorama de soluciones posible y accesibles.
El reto es cultural, ambiental y colectivo. Aunque la problemática es grande, sus alternativas también lo son. Cada prenda que se logre prolongar marca una diferencia. Cada decisión consciente contribuye a construir una moda más justa y un planeta más habitable.




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